"He oído sus gritos contra los opresores y he bajado a liberarlos"

(Ex 3, 7-8)

El Diaconado



            Desde los tiempos de los apóstoles surgieron hombres dedicados al servicio del altar y al servicio de la Caridad: 
             El Libro de los Hechos de los apóstoles nos habla de estos hombres que han de ser llenos de Dios, en cierta manera, “... hombres de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra. Pareció bien la propuesta a toda la asamblea y escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe a Prócoco, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía; los presentaron a los Apóstoles y, después de orar, les impusieron las manos.” ( Hch. 6, 3 – 6). 
La Palabra que significa Servicio, en griego es diakonía; la imposición de las manos del Obispo y  a la que hace referencia el texto bíblico es un gesto de comunión, este gesto eclesial permite una función dentro de la misma Iglesia o de la Comunidad Cristiana y está viene señalada también en la primera Carta a Timoteo, donde San Pablo señala que 1 Tm 3, 8 – 13: “También los diáconos deben ser dignos, sin dobleces, no dados a beber mucho vino ni a negocios sucios; que guarden el Misterio de la fe con una conciencia pura. Primero se les someterá a prueba y después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos... Los diáconos sean casados una sóla vez y gobiernen bien a sus hijos y su propia casa. Porque los que ejercen bien el diaconado alcanzan un puesto honroso y grande entereza en la fe de Cristo.” Aquí la mención que en la Iglesia ocupa el diaconado permanente. Desde el Concilio Vaticano II la figura del Diaconado permanente redescubre su valor como tal y reflorece dentro de la Iglesia, se establecen así hombres jóvenes o maduros dedicados al servicio de la Palabra y de la Caridad en la Iglesia.



      Pueden ser diáconos permanentes o temporales (los que se preparan al Orden Sacerdotal) todos aquellos varones bautizados que han recibido la debida preparación (estudios teológicos). Si son célibes, deberán permanecer célibes y si son casados permanecerán como tales. Si enviudan, no pueden volverse a casar, salvo una dispensa expresa, ya que como clérigos atentan inválidamente el matrimonio quienes han recibido las órdenes sagradas. (Canon 1087 del Código de Derecho Canónico).

Los Diáconos celebran y administrar bautismo, conservar y distribuir la Eucaristía, ministros de la exposición del santísimo Sacramento y de la bendición eucarística, en nombre de la Iglesia asiste y bendice el matrimonio, leen la Sagrada Escritura la meditan y la ofrecen a los fieles, instruyen y exhortan al pueblo de Dios, presiden el culto y la oración de los fieles, servir en el ministerio de la palabra al pueblo de Dios, celebrar el culto divino, administrar los sacramentales como pueden ser el agua bendita, la bendición de casas, imágenes y objetos y por último presidir el rito fúnebre y la sepultura. 

Por lo tanto el diácono no es simplemente una persona de ayuda al Obispo o al sacerdote. Comporta todo un servicio al pueblo de Dios. De ahí la preparación espiritual, humana, teológica y filosófica que deba tener previo al ejercicio de su ministerio. 




(el artículo fue tomado de la Página de    Catholic.Net, sobre el diaconado permanente)



No hay comentarios: